La Mirada Imperfecta: Trump y el muro de sus lamentos

 

Por: Raúl Mayo Castro

Escritor, periodista y docente. Originario de Villahermosa, Tabasco. Egresado de la carrera de Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG). Cuenta con tres libros de relatos publicados en Jalisco. Actualmente radica en Ensenada, Baja California, donde se incorpora con naturalidad al cuerpo docente y a la actividad periodística, mientras prepara un par de trabajos novelísticos.

e-mail: ilimite@hotmail.com

 

 

Ok míster Trump, por más que busco y busco, fíjese que no encuentro dónde tiene escondido su muro. No aparece por ningún lado de la frontera. Tenemos noticias que lo único que levantado de nuevo, es su pared de arrogancia, hecha con ladrillos de magnate y mandatario del país más poderoso del orbe; ahí se estrellan sus frustraciones de no ser omnipotente, sino un mortal más entre los mortales, un hombre sentenciado a la vida y a la muerte por un ser soberano y creador.

Durante el fin de semana, el periódico The Washington Post publicó que el presidente de Estados Unidos, sostuvo con su homólogo de México, una larga, tensa e infructífera conversación telefónica, exigiendo que nuestro país se comprometiera a pagar la construcción de la inconsecuente obra. La llamada terminó en un predecible cortón (es obvio quien la concluyó); lo sorprendente, fue que contra todos los pronósticos, Peña Nieto se mantuvo firme en no ceder a tan bárbaras pretensiones, dicen.

En mi imaginaria, las cosas sucedieron así: ese día, Donald Trump despertó muy de mañana, tuvo un par de sueños trepadores y eso le recordaron el muro. Se puso de pie, acudió a la alacena en busca de su cereal favorito, no lo encontró. Hizo cara de berrinche frente al espejo, tenía el gallo del peluquín mal acomodado y una incesante lucidez. Dijo para sí mismo “ha pasado más de un año de mi gobierno, y con respecto al muro, todo se resume en ocho prototipos de construcción, la extensión que tienen, apenas es de más de nueve metros cada uno. Si los junto todos, no alcanzan ni para el bardeado de mi casa”…

El multimillonario gringo se indignó, tuvo a bien recordar que hablamos de más de 595 kilómetros de frontera, hizo unos cálculos baldorianos, meneó la cabeza, ya no pudo más, le fue imposible contener su arrebato. Llamó al presidente de nuestro país, quién para colmo de males no le contestó de inmediato, lo dejó esperando en la línea, mientras le localizaban a su traductor de cabecera, porque como todos saben, mastica muy poco el inglés.

Y de pronto, lo que míster Trump menos esperara, el escenario más improbable, la cosa más horripilante del mundo ocurrió. El Presidente mexicano se opuso a pagar la condenada barda. Lo que había dicho en público, ahora se atrevía a decirle en directo, le dijo que no, no y no (porque eso sí sabe decir en inglés).

Después del tirar el teléfono, el presidente estadounidense se acomodó el peluquín, fue con los senadores de su propio partido, quienes cada vez se muestran más indiferentes al tema, lo han dejado solo. En tiempos de campaña, todos le acompañaban como un buen mariachi a un charro cantor, pero ahora, ahora por lo visto, la cosa es distinta, a ninguno de ellos parece gustarles la tonada.

No sé si me equivoque, pero no creo que este muro se vaya a construir. A diferencia del que durante varias décadas dividió a Berlín, a la barda de Donald Trump no habrá necesidad de derribarla, se está cayendo solita, mucho antes de comenzar a edificarla.

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Fotografía de portada: IoSonoUnaFotoCamera / CC-BY-SA

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