Diálogos del deporte [Fernando Ribeiro] Hércules y Dionisio, el deporte y el vino

 




[Opinión]

fernando-ribeiro-cham-300x450Por: Fernando Ribeiro Cham
ribeirocham@gmail.com

Ribeiro es licenciado en actividad física y deportes, miembro del Colegio Europeo de Ciencias Aplicadas al Deporte; ha sido Jefe de Deporte Asociado en Baja California; y asesor de la Comisión de Juventud y Deporte en el Congreso del Estado, durante la XX legislatura. Actualmente trabaja como coordinador de Educación Física, en el Sistema Educativo Estatal en Ensenada.

 

 

 

 

Hoy no hay un diálogo como tal. Me hubiera encantado haber tenido la oportunidad de escuchar las historias de quien fuese testigo vivo de un emblema del olimpismo no solo mexicano, sino internacional, acompañado de un buen tinto cosechado en nuestras tierras.

El deporte y el vino han estado ligados desde la antigua Grecia, la cuna del olimpismo y como si su relación necesitara de mayor estrechez, el dios que nació cuando Rea se sujetó a la tierra para poder dar a luz, se convertiría a la postre en el padre de Dionisio.

Precisamente Xanic significa “flor que nace después de la primera lluvia” y de la misma tierra se originaron los Dáctilos, seres mitológicos precursores de la corona de olivo que creó el primer evento atlético.

Poco ha destacado México en el deporte olímpico y contrario a la producción del vino nacional y su exportación, que se ha cuadruplicado y duplicado respectivamente en los últimos 15 años, los oros, platas y bronces en la máxima justa deportiva fluctúa de un ciclo a otro en forma ascendente y descendente, más lo último que lo primero.

En 2008, ese año en el que se cumplían dos décadas de la primera producción de Monte Xanic, me enteré de una historia que me fascinó. Amante del deporte y de su historia, en mi memoria destacaba el relato del finado profesor Juan Antonio González López, cuando recordaba los pasos que llevaron a la velocista mexicalense “Queta” Basilio a formar parte de los momentos trascendentales, cuando en el 68, en ese año tan convulsionado del México moderno, una mexicana se convirtió en la primera mujer en prender la llama olímpica en la sede que alberga a quienes buscan ser más rápidos, saltar más alto o ser más fuertes. Pero si el 68 está en el recuerdo colectivo, el 32 es igual de memorable, pues una mujer, una mexicana, una ensenadense adoptiva, tiene el reconocimiento de haber sido la primera dama en portar la bandera de su país en un desfile olímpico, suceso que tiene mayor trascendencia puesto que apenas 12 años antes, las mujeres no podían de forma oficial participar en la justa deportiva.

Solo 126 mujeres de 18 países participaron en Los Ángeles, en contraste con las 4,700 que buscaron el logro olímpico en Río de Janeiro el año pasado. Una de esas 126 mujeres pasaría a la historia con el florete y el porta bandera, Eugenia Escudero de Backhoff. El portal del Comité Olímpico Mexicano destaca que la señora Escudero fue una de dos mexicanas del total de 70 participantes mexicanos que participaron en la décima edición de los olímpicos modernos y en ese desfile celebrado en el Memorial Coliseum, Doña Eugenia portaría el lábaro patrio, una mujer, en un evento que en la antigüedad excluía a ese género no solo de participar, sino de poder siquiera observarlo, llevaba con orgullo el emblema por el cual se lucha. Histórico.

Imagino, porque lamentablemente ya es difícil confirmarlo, que un joven Hans Paul Backhoff Escudero observó, teniendo un poco más de años que los que tuvo su señora madre cuando enfrentó a húngaras, británicas y austriacas en 1932, los juegos del 68.

Doña Eugenia con el florete, su hijo Hans con el producto de la vid, ambos compitieron internacionalmente, ambos pusieron el nombre de México en todo lo alto, ambos hicieron historia.

Esgrima femenil, Los Ángeles 1932.
Fotografía: Cortesía / Fernando Ribeiro

Después del encuentro con algunos familiares de la señora Escudero de Backhoff por allá en el 2008 en el Sullivan, tuve una breve pero nostálgica plática con el doctor Eduardo, su hijo y hermano del enólogo Hans Paul. El actual presidente del Instituto Nacional de Evaluación Educativa, rememoró algunos recuerdos e inclusive me dijo que poseían artículos de la carrera deportiva de su señora madre. La tercera vez que tuve la oportunidad de saludarles, fue en la gala deportiva que promovió el INMUDERE y en la que tuve la fortuna de ser jurado y proponer la designación de una presea especial, la más importante de cada año y que en esa ocasión se entregó a la figura de Doña Eugenia. De manos del entonces alcalde Hirata, Hans, el productor de vino, eso que hoy destaca a nuestra Ensenada con medallas que él mismo cosechó en certámenes internacionales, recibió un simbólico reconocimiento a una trayectoria que por años permaneció como un recuerdo familiar y que debe ser rescatada como parte del bagaje de nuestro municipio, la de su señora madre.

Los medios locales y nacionales comparten la lamentable noticia de que un ícono de la industria del vino ha fallecido. La olímpica y el enólogo. La historia destaca a los hombres y mujeres que “rompen el molde”, que innovan y se atreven. Después de Doña Eugenia vinieron otras abanderadas olímpicas. Después de Don Hans vinieron otros esfuerzos vitivinícolas, pero siempre existirá ese sentimiento de primicia en esa familia y al menos yo, cada vez que observe un desfile olímpico o tome una copa de vino de Monte Xanic, tendré presente esta historia de complicidad entre el deporte y el vino, entre madre e hijo, entre ensenadenses.

Que en paz descanse Don Hans Backhoff Escudero.

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Fotografía de portada: Cortesía / Fernando Ribeiro

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