TECNÓPOLIS: redes y la separación de la realidad

 

Fotografía de portada: Pixabay / bajo licencia libre para su reutilización

Por El Capitán Beto

La semana pasada escribíamos en este espacio sobre la dispersión de la atención millennial, prestando atención a los aspectos psicológicos de este fenómeno, abordando áreas cognitivas (como la retención de información, la memoria y la concentración) que se han visto afectadas por el consumo abusivo de contenidos en las redes, el multitasking, la dinámica de navegación en Internet y el manejo de los dispositivos digitales.

En la entrega de hoy desglosaremos los aspectos sociológicos de esta dispersión, entendiéndola como separación/distanciamiento de diferentes entornos, poniendo énfasis en el impacto que las nuevas tecnologías han tenido en nuestra forma de socializar.

Iniciemos con un ejemplo con el que todos nos identificaremos. Una pareja de amigos acuden a un café para conversar y ponerse al tanto de sus vidas. Inician dialogando amenamente, compartiendo experiencia recientes, decisiones, cambios que han ocurrido sin previo aviso.

Tras 10 minutos de conversación suena el característico sonido de una nueva notificación en “Messenger”. El receptor del mensaje, sin dejar de mirar a su amistad, saca el celular de su bolsillo y tras un par de segundos su atención ha sido secuestrada por la pantalla. Ahora el sujeto está en dos planos simultáneos: el real y el virtual.

Su amigo quiere amonestarlo y exigir que le preste atención, pero antes de expresar cualquier cosa él también recibe un nuevo mensaje. Imitando el actuar de su compañero saca el dispositivo y se sumerge en el intrincado mundo de las redes. La conversación se ha agotado, ahora las mentes de ambos flotan en conversaciones con seres lejanos y un tsunami de publicaciones que jamás encontrarán final. La atención se ha dispersado.

El escenario aquí descrito nos abre la puerta para analizar a profundidad un fenómeno para todos cotidiano: la simultaneidad del mundo virtual y real y la separación de lo concreto. Es común ver, ya no sólo a la juventud, sino a toda la población con acceso a las redes caer en esta actitud posmoderna. Pasar de un espacio a otro no cuesta nada, basta desbloquear el celular para que nuestra presencia ahora esté distribuida en dos universos.

Aquí vale la pena analizar esta nueva forma de socializar a partir de una óptica comunicativa. Para dejar claro el aspecto de la dispersión/distanciamiento que a continuación pretendemos desarrollar, hay que retomar algunos puntos clave de la columna pasada, en particular recordar que al usar las redes sociales, los usuarios se ven expuestos a un vendaval voraz de noticias, publicaciones y contenidos diversos, que pueden ir desde lo más local a lo más global.

Bien, pues resulta que al tener a nuestro alcance una variedad tan inmensa y diversa de contenidos, cada vez resulta más complicado comunicarnos en persona unos con otros. Es una de las paradojas de la era digital. Tenemos acceso a bibliotecas enteras de información, pero coincidir con la persona que tenemos al lado en las páginas que consultamos es casi imposible.

Si nos remitimos al concepto clásico de comunicación, recordaremos que esta palabra significa “poner en común”, es decir, llegar a un punto de acuerdo, nivelar el pensamiento, posibilitar el diálogo. Sin embargo, con la agudización de la individualidad, profundizado por el encierro en la burbuja solitaria que supone el navegar por Internet, nuestras cosmovisiones / subjetividades cada vez están más dispersas, separadas, alejadas unas de otras; consecuencias de la heterogeneidad exacerbada por la cultura digital.

En nuestra contradictoria y solitaria contemporaneidad, absortos en nosotros mismos y angustiados por la falta de compañía, nuestros hábitos de publicación en redes como Facebook por lo general obedecen a esos anhelos de conectar (o poner en común) con alguien más. Los memes son ejemplo perfecto de esta acción, pues son precisamente unidades de información cultural que posibilitan sincronizar una multitud de mentes entorno a un conjunto de códigos convencionales. Ante la distancia y el aislamiento, los memes al rescate.

Así, el primer nivel de dispersión/separación lo ubicaríamos en nuestras relaciones sociales directas. Sin embargo, es curioso señalar que este fenómeno de la dispersión, desde un punto de vista sociológico, tiene otro matiz: la atención (o desatención) que se presta al contexto social directo.

Sucede que al igual que ocurre con las relaciones sociales, los hechos, fenómenos y acontecimientos sociopolíticos y culturales que ocurren a nuestro alrededor dejan de tener importancia: no son temas relevantes ante el maremoto de contenidos que ofrece la red. No es raro encontrarse con un grupo de millennials que dialogan acerca de la prohibición de tal o cual ley en el oeste de Asia, o el nuevo video de gatos que es sensación en Inglaterra, a la par que ninguno de ellos sabe lo que está ocurriendo en su estado con temas como la privatización del agua o las leyes electorales.

Es una de las contradicciones más presentes de la globalización: la deslocalización / separación de la realidad concreta por otra alejada geográfica y culturalmente, el desequilibrio profundo entre la importancia que se le confieren a los hechos locales y los globales. Bajo esta lógica, un ciudadano que viva en la Tecnópolis mostrará mayor interés por el transcurrir de la política francesa, un animal haciendo cosas divertidas en un zoológico o un video fantástico en Japón, que al incremento de los feminicidios en su Estado, el robo millonario del gobernador al erario o la revocación de sus derechos laborales. Otra paradoja millennial, generación vacía y víctima de una herencia híper-contradictoria. Pero no todo está perdido, basta recordar que el primer paso para cambiar es comprender. Y eso es lo que estamos tratando de hacer aquí.

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