TECNÓPOLIS: las bifurcaciones del ocio millennial

 

Fotografía de portada: Pxhere / bajo licencia libre para su reutilización

Por El Capitán Beto

Las reflexiones de esta semana las dedicaremos a un tema delicado, pero cuyo análisis es de extrema urgencia. Trataremos de desentrañar el laberinto millennial entorno a su inversión del tiempo en actividades ociososas relacionadas al Internet, las redes sociales y las plataformas de entretenimiento virtual contemporáneas.

Escenario común es el de ver a la juventud lejos de lo concreto, adentro de la pantalla, inmersos en la infinitud del Internet y las redes sociales. La convivencia social y los momentos solitarios de las nuevas generaciones hoy se desarrollan en dos planos simultáneos: el real y el virtual, teniendo en su mayoría más peso el segundo que el primero.

La primera afirmación de esta columna es una: el tiempo que antaño los jóvenes dedicaran al silencio, a contemplar la nada, a aburrirse, a reflexionar, a divertirse con los amigos o a realizar cualquier otra actividad, ahora se ve fragmentado, invadido y viciado por el acceso a las redes sociales, el Internet y sus formas de entretenimiento.

Si el lector pertenece a la generación millennial haga el ejercicio: instale en su dispositivo la aplicación “Quality Time” y mire cuántas veces desbloquea su teléfono al día, y encima trate de ser consciente del momento en el que lo hace (en la comida, con los amigos, mientras mira la tele). Y bien, ¿cuántos momentos solitarios ha intercambiado por la compañía de la red?

El acceso a las redes sociales no es el único cauce por donde corre el tiempo del ocio millennial. Los videojuegos en línea (LOL, WOW o los famosos shooters) son un ejemplo concreto del vicio contemporáneo: el entretenimiento digital, aproximación a la realidad virtual que en muchos individuos ya ocupa más espacio que la misma realidad en las vidas juveniles.

No son pocos los jóvenes que invierten horas enteras jugando con amistades en línea, descuidando en el proceso amistades cercanas, relaciones amorosas y lazos afectivos, la condición física y económica, el trabajo y/o los proyectos de vida: estancarse es común para un sector considerable de los millennials videojugadores. Y cómo no hacerlo, cuando muchos de estos videojuegos ahora son “deportes” con torneos mundiales: la aspiración de ganar millones infunde en el espíritu del videojuegador el sueño de convertirse en el mejor, la aspiración de que sí es posible ganarle a los chinos.

Otros jóvenes más atravesarán el mismo proceso de inversión de tiempo en espacios y plataformas similares, por ejemplo, Netflix, océano de entretenimiento ideal para ahogarse en el valle interminable de series y películas, muchas de ellas de antaño o novedosas adaptaciones de programaciones de la infancia que apelan a tocar las fibras de la nostalgia. Horas y horas serán invertidas en dejar correr historias ajenas, que si bien pueden aportar mucho al espíritu, también pueden secuestrarlo y enajenarlo.

Los relatos visuales, en los tiempos contemporáneos, son uno de los atractivos principales para adormecer la mente y la movilidad: “Que toda la atención se destine a la ficción, la realidad es demasiado atroz como para lidiar con ella, mucho menos pretender cambiarla”.

Otros jóvenes más pasarán horas enteras de su rutina cotidiana en Facebook, consumiendo memes, videos, chistes, noticias ocasionales y viendo fotos de las vidas de las otras personas, en una actividad claramente adictiva: que la información no pare de entrar por las fosas oculares. Claro, este acto estará aderezado por la propia exhibición y participación en los diferentes espacios de la red social.

Habrá otros jóvenes que darán un paso más allá del monstruo de Zuckerberg y emprenderán una búsqueda de conocimiento, porque si algún beneficio tiene Internet es que permite satisfacer la curiosidad en cualquier momento y lugar. Sin embargo, aquí también nos topamos con pared, pues con mucha frecuencia los jóvenes ávidos de respuestas se pierden en el maremoto de contenidos que ofrece la red.

Es decir, no pocos pasan de un artículo a un video, de un video a una página o un foro dedicado a tal o cual área del saber o el sentir, para de ese espacio saltar a un grupo de Facebook, y luego regresar a otro artículo más. La abundancia de información, productos culturales y conocimientos al acceso de un par de clics también representa un vicio: es la epistefilia desbordada, la ambición de consumirlo todo, de saberlo todo, de no parar de buscar y descubrir novedades nunca jamás.

Lo más triste de la realidad de apego a las redes sociales (complementado por la adicción a los videojuegos y Netflix) es que el millennial, atravesado por un vicio que no puede contener, ha disminuido sus capacidades cognitivas en varias áreas, por ejemplo: en prestar atención (hoy dispersa y divergente), en tener disciplina y perseverancia (si las redes me dan la gratificación de los likes inmediatamente, ¿por qué no habría de ocurrir igual en las otras áreas de la vida? Renunciar es más fácil que seguir adelante hasta el final), en crear vínculos sólidos y asumir compromisos responsables (“si la cago en la red siempre puedo borrar mi perfil y hacer otro, no le debo nada a nadie”).

Pero sobretodo, pareciera que las redes han secuestrado el tiempo solitario, la capacidad de aislarse y hacer una introspección profunda, la oportunidad de conocerse a uno mismo sin tener que exhibirlo en la red. Con la descripción de estos cauces no pretendo ser apocalíptico, en siguientes ediciones también hablaremos sobre las bondades de la red. Sin embargo, el día de hoy quisiera cerrar con un planteamiento sencillo pero profundo: Si no tuvieras Internet, ¿en qué invertirías tu tiempo libre?

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